lunes, 29 de octubre de 2012

Ecos literarios del Pernales


El Pernales.
El bandolero sevillano Francisco Río González, el Pernales (1879-1907) y su compañero de andanzas el Niño del Arahal fueron abatidos por la Guardia Civil de Alcaraz el 31 de agosto de 1907 en el paraje del Arroyo del Tejo, término de Villaverde de Guadalimar (Albacete). Ambos cadáveres fueron posteriormente expuestos en el antiguo convento de Santo Domingo de Alcaraz y recibieron finalmente sepultura en el camposanto de esta misma localidad.

Convertido en verdadera obsesión para sucesivos ministros de la Gobernación, un ejército de civiles había puesto cerco en tierras andaluzas a Pernales. En situación de acoso tan insostenible, Pernales proyectaba una huida con su amante Concha Fernández Pino a América desde el puerto de Valencia, hacia donde los bandoleros se dirigían cuando encontraron la muerte en tierras albaceteñas.

Lámina de la muerte de El Pernales y el Niño del Arahal.
Pernales fue uno de los últimos bandoleros andaluces, posteriores a la enérgica acción contra el bandolerismo del Gobernador civil de Córdoba y erudito sobre el tema, Julián de Zugasti y Sáez (1837-1915).

Las circunstancias de su espectacular persecución y dramática captura acabarían convirtiendo a Pernales en figura legendaria definitivamente asociada a la sierra de Alcaraz.

Portada de novela popular sobre El Pernales.
En música folclórica, el Pernales ha sido cantado en multitud de romances por el Nuevo Mester de Juglaría, Tradición, El Tardón, Manuel Luna…  y hasta en una reciente flamenca Cantata del Pernales…

En bibliografía local, la Revista de Tradiciones Populares de la Diputación de Albacete Zahora ha dedicado varios números monográficos al personaje. Así, por ejemplo, en 1986, el número 12 ofrecía un extracto del extraordinario y novelesco libro de Florentino Hernández Girbal (1902-2002) sobre los Bandidos célebres españoles (1963).

En 2007, en el número 47 de la misma publicación, Antonio Matea Martínez dedicó un estudio al bandolero donde aclaró algunos malentendidos geográficos relativos a las andanzas de Pernales por la sierra albaceteña. No en vano, el autor ha sido uno de los promotores de la edición anual de una senderista Ruta del Pernales.  

Viñeta de Manuel Cifuentes. Revista Zahora, número 11.
En todas estas referencias culturales en torno a individuo de tan malas prendas, echamos de menos los ecos literarios que, sin duda, en su época debió despertar su alborotada existencia.

En la presente entrada glosaremos brevemente las referencias literarias al bandolero por parte de cuatro autores contemporáneos del Pernales. Dejaremos aparte la reiterada sugerencia de que el personaje “El Plumitas” de Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) en su novela Sangre y arena (1908) esté inspirado en la figura de nuestro bandolero.

En primer lugar de nuestra serie, el dramaturgo madrileño Jacinto Benavente (1866-1954) se refirió al Pernales en varios artículos de prensa recogidos en De sobremesa (1910, 5 volúmenes).

Portada de Zahora nº 12.
Así, para empezar, en una glosa sobre la diferente valoración que en los países civilizados se concede  a la delincuencia callejera, dependiendo de si ésta se produce en España o en las calles de París, el autor de Los intereses creados señala:

“Y al hablar de bandidos, no lo digo por el Pernales, que España en esto también apenas puede llamarse civilizada, y bandolerismo es éste de lo más inocente y primitivo, como de jácara ó romance; pero léase cualquier periódico de París, y como la cosa más natural, sin comentarios y sin aspavientos, raro es el día que no traen sección especial dedicada á las proezas de apaches, cambrioleurs, souteneurs y demás productos de una civilización admirable”. (De sobremesa, tomo I, capítulo V)

En un artículo posterior, a raíz del conocimiento de la muerte del Pernales, el futuro premio Nobel de Literatura formula una profética e irónica reflexión:

El bandolerismo de Zugasti.
 “El Pernales ha muerto. ¡Viva el Pernales! No puede extinguirse la dinastía. Si tarda en surgir un sucesor de carne y hueso, la fantasía popular sabrá crearle y su espíritu vagará por los campos con todas las apariencias de la realidad.
Será sólo un nombre, pero es preciso que ese nombre suene. Necesita de él mucha gente. El marido ó el hijo de familia que se jugó en alguna feria las rentas cobradas, y al regresar, en una carta de letra temblorosa: El Fulano me salió al paso... sale del suyo. El administrador que ha de justificar distracciones, el pastor á quien se le extravió alguna cabeza de ganado, el cacique que se vale del temido nombre para amedrentar á enemigos molestos... No hay duda, un bandido es siempre de utilidad pública. A pesar de la indudable identificación del cadáver, es de creer que sólo ha muerto un fantasma, que volverá muy pronto con otro nombre, con otra apariencia, pero siempre el mismo”. (De sobremesa, tomo I, capítulo XVI)

En segundo lugar, el gran novelista de origen cubano Eduardo Zamacois (1873-1971), en sus Memorias de un vagón de ferrocarril (1925), pone en boca de su personaje Doña Catástrofe una ácida y hasta cínica reflexión sobre las peculiaridades del bandolerismo hispano:

De sobremesa de Benavente.
“—Entre nosotros el bandolerismo acabó con "Pernales”: era un bandolerismo casi exclusivamente andaluz, un poco anarquista, un algo también quijotesco, que desposeía a los ricos en beneficio de los pobres, y andaba a caballo y vivía al aire libre. En el arte de robar con maña o por la fuerza, España— como en todo — se quedó rezagada. Nuestros ladrones son pobres diablos hambrientos, mal vestidos, que apenas saben escribir, ni conocen otra arma que el cuchillo rudimentario, y que se dedican a ladrones "por necesidad". En el extranjero el bandolerismo lo ejercen los fuertes, los rebeldes, los perturbados por la utopía del inmediato "reparto social”; van a él por gusto, y esta vocación da a su ingrato oficio un pique novelesco”. (Memorias de un vagón de ferrocarril, capítulo IX)

En tercer lugar, a Pío Baroja (1872-1956) tampoco hubo de pasarle desapercibida la figura de Pernales y en el capítulo dedicado a “Recuerdos de bandolerismo” de su novela Los visionarios (1932) trazó una breve semblanza del Pernales en la que situaba erróneamente el lugar de su muerte en la provincia de Sevilla:

Memorias de un vagón... de Zamacois.
“En mi época se distinguieron “el  Vivillo” y “el Pernales”, los dos de Estepa. “El Pernales” era hombre selvático, tipo de bandido generoso. (…) Con “el Vivillo” se echaron al campo “el Pajarito”, “el Soniche”, “el Canuto”, “el Niño Gloria” y “el Macareno”. Casi todos murieron en el campo. (…) “El Pernales” y su lugarteniente, “el Niño del Arahal”, murieron luchando a tiros con la Guardia civil en un camino de Villaverde, pueblo del partido de Lora del Río”. (Los visionarios, Libro Segundo, capítulo VIII)

Más adelante, Baroja vuelve a citar al bandolero de Estepa al asociarlo con otro de su gremio conocido como “El Rondeño”:

““El Rondeño” tuvo amistades y complicidades con un bandolero llamado ”Chisparría”, que, además de contrabandista, se entendía con la gente del “Vivillo” y del “Pernales” para robar en los cortijos de la sierra”. (Los visionarios, Libro Cuarto, capítulo I)

Los visionarios de Pío Baroja.
En cuarto y último lugar, siguiendo el orden cronológico de publicación, no podemos olvidarnos de la sabrosa mención que el gran periodista y narrador Corpus Barga (1887-1975) haría de la muerte de Pernales. En el tomo primero de sus deslumbrantes memorias Los pasos contados (1963-1973), en una de las habituales digresiones con las que Corpus Barga va tejiendo un minucioso retrato de la sociedad de su infancia, el autor pasa de rememorar la figura del ya mencionado Gobernador civil Zugasti a evocar coplas escuchadas en su lejana juventud madrileña:

“Acabó con el bandolerismo del campo andaluz, del que luego no hubo más que algún rebrote o eco, el último siendo yo estudiante, el del Pernales, héroe de romances que se cantaban en las plazas y plazuelas de Madrid con gran beneplácito de un público de criadas, soldados y chicos que iban a repartir algo o a llevar recados. No he olvidado una de esas trovas que se me pegó al oído. Refería el encuentro del Pernales con un viejo labrador y terminaba así:
Los pasos contados de Corpus Barga.
“Saltó el viejo de su burra
con muchísima energía,
y el Pernales que lo vido,
con franqueza le decía.
Es usté un viejo valiente
y ahora le digo a usté en serio
que está usté con el Pernales
que a ningún probe roba el dinero.
Yo sólo robo al que tiene muchos millones
y es usurero”.
El Pernales tuvo un acompañante que no le abandonó y murió con él al pie de un árbol, disparando contra la Guardia Civil. A este acompañante fiel, que era un mozo andaluz de traza egipcia, ancho de hombros y estrecho de caderas, le llamaban el niño del Arahal, nombre con la esencia diríase de los alhelíes que cultivaban todas las doñas Gertrudis en sus jardines secretos”.

Ya en nuestros tiempos, en su reciente Sereno en el peligro (2010) el narrador madrileño Lorenzo Silva (1966) recoge el episodio de la muerte de Pernales desde una perspectiva inequívocamente favorable a la actuación de los guardias civiles alcaraceños:

Sereno en el peligro de Silva.
En las primeras horas del día 31 de agosto de 1907, el guardia civil retirado Gregorio Romero, guarda de una finca sita en la sierra de Alcaraz, en el término municipal de Villaverdede Guadalimar (Albacete) ve pasar a los bandidos montados en sus caballos. Da aviso a las autoridades y al encuentro del Pernales sale el teniente Haro, junto al cabo Calixto Villaescusa y los guardias Lorenzo Redondo, Juan Codina y Andrés Segovia. Sorprenden a los dos bandidos mientras descansan, pero el teniente, en vez de atacarlos sin más, destaca al cabo y al guardia Segovia («acompañados por un práctico», dice el parte oficial, lo que denota cómo Haro planificó la operación para sacar partido del terreno) hacia la cima de la sierra, para cortar la retirada a los bandidos. Al poco, el Pernales y su compañero se ponen en marcha, mientras Haro se les aproxima con el resto de su fuerza. Llegados a unos pasos de donde están Villaescusa y Segovia, estos les gritan el «¡Alto a la Guardia Civil!», respondido a tiros por los bandoleros. En el choque resulta muerto el Pernales, mientras que el Niño del Arahal logra darse a la fuga. De poco le sirve, porque desde más de cien metros de distancia el guardia Codina le acierta y da con él en tierra. Hubo dudas de esta versión, por parte de la prensa más crítica, aunque lo pormenorizado y coherente del parte del teniente Haro y lo verosímil del desarrollo de los hechos que se desprende de su relato, le confieren una razonable credibilidad. Por ilustrativo, transcribiremos el comentario que publicaría el día 2 de septiembre de 1907 el periódico El Radical órgano del partido republicano de Lerroux: «Ha muerto el Pernales y no hay que llevarlo a la leyenda. Más digno de admirar es el pobre guardia que se expone a morir, en cumplimiento de un deber, por tres pesetas; tanto más de admirar cuanto que estos pequeños destacamentos de cuatro o cinco hombres van al peligro voluntariamente, pues nadie lo ve, nadie los vigila, y bien pueden si quieren esquivar el peligro». Todo un ejemplo de giro copernicano, donde los hubiere”. (Sereno en el peligro, capítulo 8)

No mencionamos en esta entrada los detalles del curioso encuentro entre el poeta sevillano Fernando Villalón (1881-1930) y el propio Pernales. Manuel Halcón (1900-1989), primo y amigo del poeta, refiere la anécdota en sus Recuerdos de Fernando Villalón: poeta de Andalucía la Baja y ganadero de toros bravos (1941). En su obra citada, Hernández Girbal reproduce resumidamente el episodio narrado por Halcón.

Recuerdos de Fernando Villalón.
Acaso el conocido romance de Fernando Villalón “Diligencia de Carmona” fuese inspirado en su entrevista con el bandido:

“Remolino en el camino,
siete bandoleros bajan,
por los alcores del Viso
con sus hembras a las ancas.
Catites, rojos pañuelos,
patillas de boca de hacha.
Ellas, navaja en la liga;
ellos, la faca en la faja;
ellas, la Arabia en los ojos;
ellos, el alma en la espalda…”

Hasta aquí un variado muestrario de los ecos literarios de la muerte de Pernales en la serranía alcaraceña, de la mano de Benavente, Zamacois, Baroja, Corpus Barga, Lorenzo Silva, etc.